1. ¿Estáis diciendo que quien no puede oralizar tiene que ser obligatoriamente signante?
No. Lo que defendemos es el derecho a la libre elección de la lengua natural y primaria, adaptada a las condiciones y condicionantes de cada individuo. Para poder elegir de verdad, es indispensable que todas las opciones se conozcan a fondo, estén disponibles desde el inicio y no tengan barreras. Nadie debe ser empujado a una única vía por falta de alternativas.
2. Pero si signa, ¿nadie le va a entender fuera?
El foco no debe ponerse nunca en las limitaciones de la persona, sino en las carencias de una sociedad que aún no es accesible. El entorno TIENE que ser accesible por derecho, garantizando que cualquier persona pueda usar la lengua de signos libremente y sin obstáculos en su día a día.
Para lograrlo, las familias deben formarse junto a la persona, los colegios deben integrar los signos de manera natural y los espacios públicos y privados deben ser inclusivos. ¿Suena a utopía? No, es un derecho reconocido.
3. ¿No sería más fácil un sistema puramente oral para que le entendamos todos sin tanto esfuerzo?
Exigir a una persona que renuncie a su lengua natural para no «incomodar» o no «hacer trabajar» a su entorno es una forma de exclusión. Una lengua no es solo un trámite para que los demás lo tengan fácil; es el vehículo directo de la identidad, el pensamiento y la dignidad. La solución justa no es recortar la capacidad de comunicarse de la persona, sino ampliar las herramientas de la sociedad para garantizar la accesibilidad.